Por Una Foto Inolvidable

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Foro dedicado a la memoria colectiva de los Venezolanos en democracia y a su rescate para las nuevas generaciones.


    Oigo Radio Capital

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    Tintacre
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    Oigo Radio Capital

    Mensaje  Tintacre el Vie Ene 13, 2012 5:21 pm

    créditos : http://www.eluniversal.com/aniversario/100/en_100a_art_radio-capital_05A2445685.shtml


    Tremenda referencia :-) Se las recomiendo

    El artículo está en Inglés, pero creo que es sólo la versión. Les confieso que había traducido para este post una buena parte del contenido y cometí el error de abrir un link encima de este. Asi que si lo consigo en español - que debe estar- se los traigo :-)

    Mientras, me voy a la estación que hizo gustar la radio otra vez! :-)

    sara foster
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    Re: Oigo Radio Capital

    Mensaje  sara foster el Miér Ene 18, 2012 5:08 pm

    desde hace muchoS años en mi casa, dede 1953 se oye radio AMERICA 890 AM, FUE DECLARADA PATRIMONIO REGIONAL
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    habitante
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    Re: Oigo Radio Capital

    Mensaje  habitante el Mar Mar 13, 2012 9:25 am

    [/b]Saludos para todos.

    aqui dejo una referencia a la época de oro de la radio en Venezuela: hecha, adema's, con mucho sabor criollo

    En la arqueología radial venezolana, las nueve de la noche era la hora estelar. Sintonizábamos la Radiodifusora Venezuela, después de que había llegado a su fin La Caravana Camel, «¡Cámel en la tierra, Cámel en el cielo, Cámel en el mar. esta es La Caravana Cámel en el aire!», y ahora salían de nuestro radio Philco, que parecía una toca de monja, unos acordes sombríos y aterradores tomados de La consagración de la primavera de Stravinski. Era que estaba a punto de llegar, al semicírculo de sillones de paleta donde tenía lugar la diaria velada hogareña, un capítulo más de la comedia radial que nadie dejaba de escuchar en esos años, El misterio de las tres torres.

    Para los que llegaron tarde o los que simplemente se colearon después que apagaron las luces, recordaremos una vez más que la «comedia radial» o la radionovela significó, durante por lo menos tres décadas de nuestro siglo, el entretenimiento seductor y barato que cautivó a millones de personas en todo el país. Era un sueño momentáneo que apenas coloreaba el aire alrededor, pero que tenía la propiedad de viajar libremente en la imaginación de cada quien y crear allí un escenario particular en el cual todo era posible: viajar en trasatlánticos, participar sin peligro en terribles batallas y hacer que los rostros de las bellas protagonistas, creadas a imagen y semejanza de nuestros anhelos, se aproximaran a nosotros separando los labios para decir que sí antes de que lo pensáramos.

    Durante los años cuarenta, la radio permanecía encendida en las casas desde las seis de la tarde, cuando comenzaban los programas de noticias. El más sintonizado y el más coloquial en su estilo era Panorama universal, vocero de los pueblos remotos del interior, donde los vecinos tenían la oportunidad de exponer, por lo menos ante la imparcialidad del aire, sus necesidades jamás satisfechas de agua, luz, escuelas, transporte, sanidad, calles embarrialadas y tal vez una muchachita de Puerto Píritu que hacía la primera comunión y cuyos padres querían que la felicitaran. Una viñeta que se reproducía en cada pueblo, en mitad de los años cuarenta, era la atmósfera de seis de la tarde en una pulpería de esquina. La luz amarillenta de un bombillo, los aromas combinados de pacas de tabaco y queso rancio, la madera historiada del mostrador donde se recostaban figuras masculinas de sombrero de fieltro y blusa blanca y la luz sobrenatural de la radio, por donde llegaban las noticias de la guerra europea. «Parece que vamos a perder». «No, por el contrario, vamos a ganar». «¿Cómo lo sabes tú?». «Porque lo dijo el presidente Roosevelt». Por otra parte, el Diario hablado, presentado por Francisco Fosa Anderson en la Radio Caracas, tenía un empaque menos pueblerino y un corte profesional y de hombre de negocios con acento extranjero. Después, seguían los Cuentos del Tío Nicolás, los puntos cubanos del «Mangoré criollo» que pregonaban las noticias en verso y los diversos espacios humorísticos que eran la sal de los días y proporcionaban a las calles un abundante y fugaz repertorio de frases ingeniosas, chistes y comentarios de doble sentido. Así llegaban cada día aportes de gracia e inventiva al vocabulario y el chacoteo urbanos. Allí, el talento de Carlos Fernández nunca perdió la chispa ni el sabor caraqueños. Tontín y Tontona eran dos muchachitos del aire que podían ser nuestros vecinos de cuadra. Él, con pantaloncitos cortos de pana azul marino y ella de trajecito de crehuela acampanado, trenzas tejidas a los lados y un lazo de cinta azul en la cabeza. Carlos mismo era Tontín y Ana Teresa Guinand Tontona y se encontraban en la puerta de una casa para intercambiar pirulíes y sacamuelas y hablar en falsete, con disimulada mala intención, de todo lo que pasaba en la cuadra y en las miles de cuadras de ciudades y pueblos del país.

    La familia Buchipluma, personificó el momento más elevado del humorismo venezolano en la primera mitad del siglo XX. La irrepetible y jocosa familia de capitalinos recién vestidos, llevaba por apellido el título de un son de Miguel Matamoros: «Un domingo en la playa la invité/ a que fuera a nadar/ y después que nadamos resultó/ Buchipluma no más./ Buchipluma no más/ eso eres tú/ Buchipluma no más». Era la sátira en chancletas y ropa de diario; la picaresca mitad urbana y mitad rural, el chiste agudo con piquete al revés para tomar desprevenidos a los mandamases del momento. La dictadura de los cincuenta, que ya venía abriéndose paso desde atrás, se encargó de decretar tierra arrasada contra estas manifestaciones enriquecedoras del ingenio y la imaginación.

    Después venían las comedias. El rating se tomaba todos los días de ventana a ventana. «¿Oíste anoche a Juan Arvizu en la Radio Caracas?». «No, mija. Estábamos oyendo El misterio de Las Tres Torres por Radiodifusora». Nadie se perdía un episodio. Eran historias tremebundas en las cuales a cada momento ocurrían asesinatos pavorosos, escenas de torturas y de brutalidad carcelaria narradas con despreocupada truculencia; aparte de que el antiguo castillete de don Eustoquio, donde tantos inocentes habían entregado el alma al terrible olor de letrina que dominaba en el lugar, era también el alojamiento favorito de los mensajeros de ultratumba, almas en pena, brujas encompinchadas y todo género de apariciones diabólicas; enanos, duendes y hombres sin cabeza. En nuestro caserón solitario y mal iluminado, los tonos bronquiales y susurrantes de los actores se salían de escena y venían hacia nosotros desplegando sus alas membranosas. A todos se nos ponían los pelos de punta.

    [b]Tomado de un artículo de Salvador Garmendia, publicado en El Nacional, lunes 8 de noviembre de 1998, p. A-4

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    Re: Oigo Radio Capital

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